El primer Gate apareció en Seúl una noche de invierno sin luna. No fue como las fisuras que la ciencia había predicho ni como los terremotos que la humanidad conocía. Fue algo más ancestral: una grieta en la tela misma de la realidad, una herida luminosa que pulsaba con energía azul celeste y violeta oscuro.
Los gobiernos lo llamaron "anomalía electromagnética". Los científicos, "singularidad dimensional". Pero quienes lo sintieron — los pocos humanos cuya sangre resonó con el pulso del portal — supieron que era algo mucho más antiguo. Era un llamado.
"Antes de que existieran los continentes, antes de que la luna encontrara su órbita, hubo un mundo donde los dioses caminaban entre los mortales. Un mundo que la humanidad olvidó... pero que nunca dejó de existir."
En las semanas siguientes, más Gates aparecieron. Tokio. Nueva York. São Paulo. Mumbai. Cada portal irradiaba la misma energía primordial, y de cada uno emergían criaturas que no pertenecían a ningún registro paleontológico. Bestias con marcas sánscritas grabadas en sus cuerpos, ojos que brillaban con la luz de estrellas muertas.
La humanidad respondió como siempre lo hace: con miedo, después con fuerza. Los ejércitos dispararon. Las bombas cayeron. Pero las criaturas no morían con balas. Morían solo cuando ciertos humanos — aquellos cuya sangre respondía al pulso — los enfrentaban con una energía que nadie podía explicar.
Los llamaron Cazadores. Y con ese nombre, comenzó una nueva era.
El Sistema de Rangos
La comunidad científica global creó el Sistema de Clasificación Hunter. Rango E para los más débiles, Rango S para los que podían destruir ciudades. Pero lo que nadie entendía era por qué algunos despertaban con poderes y otros no. Por qué ciertos Cazadores podían manipular fuego, mientras otros movían la tierra o convocaban escudos de luz pura.
La respuesta estaba al otro lado de los portales. En un mundo que llevaba eones esperando el regreso de sus hijos perdidos.
El mundo de Tantra.